Sin duda, Merino había dado la orden de comenzar la lucha.
Luego, pasado el combate, dijeron que el cura había disparado el primer tiro apuntando al coronel Bremond, á quien se le conocía por las largas charreteras de canalones del uniforme, con tal acierto, que le hirió gravemente.
Si hubiera habido un jefe superior á Merino, aquél hubiese sido el del certero disparo.
Estas pequeñas adulaciones son muy frecuentes en la guerra.
Después de la primera descarga cerrada siguió largo rato el fuego de fusilería.
A la vanguardia del enemigo, nosotros no la veíamos; pero por lo que comprendí luego, la cabeza de la columna, picando espuelas, y al trote, se acercó al pelotón que habiendo pasado al principio estaba esperando á la salida del desfiladero.
Los de retaguardia volvieron grupas, tratando de escaparse, y les vimos retroceder hacia el Portillo; pero entonces, como un telón que se levanta, la cortina de pinos que ocultaba el cerro ó fuerte natural desapareció derribada por los guerrilleros que tiraron de las cuerdas atadas á los árboles, y los franceses se encontraron entre dos fuegos.
Hubo muchos caballos y jinetes que cayeron precipitados al barranco. Algunos hombres volvieron á subir al camino gateando; otros debieron de quedar estrellados entre las rocas.
Tenían en aquel momento los franceses la dificultad de maniobrar por falta de sitio, á más de que las órdenes del coronel herido no podían oirse desde los extremos de aquella larga fila.
Para obviar el conflicto, los oficiales y los sargentos, despreciando las balas, se colocaron de modo que la voz de mando pudiese correr de la cabeza á la cola de la columna, y dominaron el pánico que comenzaba á cundir entre sus soldados.