—El Tonto, ¿qué hace allí?—dijo uno de los nuestros.

—Lo habrán matado.

Uno de los guerrilleros del fuerte, desde arriba, nos contó lo que había pasado con el Tonto.

El lo vió. El Tonto, al comienzo del combate, dejó la anguarina y el sombrero apoyados en el palo, y por entre unos matorrales huyó como un conejo.

Efectivamente; cuando uno de los guerrilleros levantó la anguarina con el trabuco, los nuestros quedaron sorprendidos al ver que no había nadie debajo.

Merino, desde lejos, nos mandó avanzar, y por la misma calzada que habían seguido los franceses pasamos nosotros por encima de los hombres y de los animales muertos. Las herraduras de nuestros caballos marcaban manchas de sangre en el camino.

Desembocamos en la salida del desfiladero.

Los franceses, al llegar á una loma, á un cuarto de hora de camino, se detenían y formaban en orden de batalla.

El coronel Bremond, viéndose débil por la mucha sangre perdida, é imposibilitado de continuar en el mando de la columna, determinó confiarla al comandante Fichet, y con veinte gendarmes de los más ancianos y los heridos que podían andar se retiró, dando como primer punto de reunión Huerta del Rey, y después el monasterio de Premonstratenses de la Vid, en las márgenes del Duero.

El comandante Fichet era valiente; pero tenía esa clásica petulancia francesa, mayor en aquella época napoleónica, que hacía á los franceses creerse invencibles, á pesar de los desastres que iban sufriendo.