No éramos bastantes para arrollar á los franceses por la masa, y se trabó el combate cuerpo á cuerpo, hombre contra hombre, como fieras, enloquecidas por el furor.
Ciegos de coraje, dábamos estocadas y mandobles á derecha é izquierda. Al Tobalos se le veía en todas partes, luchando y ayudando á los demás.
El Brigante parecía un energúmeno, uno de esos monstruos exterminadores del Apocalipsis. Su mano fuerte blandía colérica el sable corvo y pesado, y el acero de su hoja se teñía en sangre roja y negra como el cuerno afilado de un toro en la plaza.
Había matado más de cuatro, cuando se lanzó sobre él un sargento de dragones alto, gigantesco, con unas barbas largas y rojas y una mirada feroz.
En la acometida vimos los caballos de ambos que se ponían en dos patas, furiosos, echando vaho por las narices. Los sables de los dos combatientes al chocar metían un ruido como las hoces en las cañas de maíz.
Aquel combate singular no duró mucho; el Brigante dió á su enemigo tal sablazo, que vimos caer el cuerpo enorme del dragón con el cuello casi tronchado.
La curiosidad por presenciar el combate pudo perderme; un gendarme me soltó un sablazo en el hombro, que me dobló la charretera.
LA MARSELLESA
Los guerrilleros, al ver que abríamos brecha en los franceses, se acercaron de nuevo, gritando: