Al acercarnos á los franceses, el Brigante se volvió hacia nosotros. Los ojos y los dientes le brillaban en la cara.

Nunca tanto como entonces me pareció un tigre.

—¡Viva España!—gritó con una voz potente.

—¡Viva!—gritamos todos con un aullido salvaje que resonó en el aire.

Tuvimos un momento la certidumbre de que habíamos arrollado al enemigo; una descarga cerrada nos recibió; silbaron las balas en nuestros oídos; respiramos un aire cargado de humo de pólvora y de papeles quemados; cayeron diez, doce, quince caballos y jinetes de los nuestros; sus cuerpos nos impidieron seguir adelante; hundimos las espuelas en los ijares de los caballos; era inútil: al pasar la nube de humo nos vimos lanzados por la tangente. Todos los guerrilleros de á pie contemplaban el espectáculo.

Los franceses se formaban de nuevo y mejor.

Al llegar al final de una vertiente de la loma volvimos grupas y, sin precaución alguna, pasamos cerca de los franceses á formarnos de nuevo.

Los del Jabalí, sin duda, no se habían atrevido á cargar.

El Brigante, orgulloso de su valor, y viendo nuestro enardecimiento, nos hizo acometer de nuevo.

Con una serenidad pasmosa, avanzó á la cabeza del escuadrón, terrible, majestuoso, lleno de cólera como el mismo dios de las batallas.