Nuestros hombres de á pie, ya decididos, sin hurtar apenas el cuerpo, se lanzaban en grupos compactos contra los franceses.
Estos se replegaban, despacio, sobre la loma donde estaba su caballería. Dragones y gendarmes echaban pie á tierra para hacer fuego.
No hicimos más que aparecer sobre la hondonada y dar la cara á los franceses, cuando flameó el gallardete rojo.
El Brigante levantó su sable y dió la orden de cargar. Lara y yo hicimos lo mismo.
Creo que todos nosotros, yo, al menos, sí, experimentamos un momento de ansiedad y emoción. La mayoría de los guerrilleros se persignaron devotamente. El más templado creyó que allí dejaba el pellejo.
Picamos espuelas á los caballos, y los pusimos primero al paso, luego al trote, después al galope, cada vez más acelerado y más fuerte, doblando el cuerpo sobre la silla para favorecer la carrera y evitar las balas.
Íbamos hacia abajo por un talud; después teníamos que subir por una ligera eminencia.
El Brigante, con el sable desenvainado, gritaba como un loco. Nuestros caballos volaban saltando por encima de los matorrales.
—¡Hala, hala, hala!—gritaba el Brigante— ¡Anda ahí, Lara! Echegaray, ¡dales á ésos! ¡Corre!
Uno tenía la impresión de ser una bala, una cosa que marchaba por el aire.