El Brigante, que se había distinguido en el ataque, no quiso señalarse en la persecución.
Todos los franceses que pasaron á nuestro lado fueron hechos prisioneros.
Yo, en unión de Lara y del Tobalos, llevamos el cadáver de Fichet hasta un bosquecillo de pinos, le pusimos la espada sobre el pecho y le enterramos.
Me parecía que el comandante francés nos miraba y nos decía: «Gracias, compañeros».
Después de esta piadosa obra nos reunimos con el escuadrón.
Los de la partida del Jabalí se encargaron del papel de verdugos. Como una manada de chacales que se lanza sobre un tropel de caballos fugitivos, así se lanzaron los del Jabalí á acorralar y á perseguir á los dragones y gendarmes dispersos.
Nosotros presenciamos inmóviles la siniestra cacería.
Merino derribó también á algunos desgraciados que intentaban huir, á tiros de su carabina.
Un grupo de cinco dragones vinieron hacia nosotros corriendo, buscando espacio para escapar.
Los cinco iban con el sable en alto, al galope; los guerrilleros corrían y gritaban tras ellos.