Los del Brigante estábamos satisfechos. Nuestra acometividad y nuestro valor habían quedado por encima de los demás de la partida. Juan se manifestaba contento.

Había pérdidas dolorosas entre nosotros; pero todos teníamos la satisfacción de haber cumplido.

Se pasó revista. Faltaban más de veinte hombres, entre ellos, don Perfecto y Martinillo. Don Perfecto no apareció. Yo me figuré que se habría escondido, de miedo, en cualquier parte.

La pérdida de Martinillo produjo gran impresión; fuimos al lugar del combate á ver si lo encontrábamos muerto ó vivo.

Algunos caballos, desesperados, locos, manchados de sangre, corrían por en medio del campo, haciendo sonar los arneses y los estribos.

Sobre un ribazo vimos al Meloso abandonado, agonizando, con las entrañas en las manos. Poco después nos topamos con un guerrillero del Jabalí que se moría mugiendo como un toro.

En el Vallejo, en el sitio donde habíamos dado la carga, recogimos el cuerpo de Martinillo.

—¡Pobre Martinillo! ¿Quién te había de decir que nosotros los viejos te enterraríamos?—exclamó un guerrillero anciano.

Al bajar del caballo encontramos á un francés bañado en sangre que debía estar sufriendo horrores. Al vernos, exclamó:

—¡Socorro! ¡Perdón! ¡Agua!