Dimos la vuelta al pueblo, y como no encontramos sitio donde guarecernos, nos metimos en la iglesia. Estaban allí alojados unos cuantos peseteros. Entramos, y, á pesar de las protestas de algunos, yo cogí un saco de paja, me tendí en él, y quedé dormido como muerto.
A las cuatro ó cinco horas me despertó la voz dolorida de Lara.
—¿Todavía duermes, Echegaray?—me dijo.
—Sí. ¿Qué pasa?
—Yo no he podido dormir en toda la noche.
—¿Pues qué te ocurre?
—Estoy pensando en las barbaridades que se han hecho. ¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡Qué horror!
—Pero eso es la guerra, Lara; ¿qué quieres hacerle?
—Y esa mujer, esa Fermina, ¡eso es un monstruo!
—Mira, Lara—dije yo—, duerme; si no, mañana no vas á poder tenerte en pie.