—Bueno; vais á salir los dos en persecución del coronel francés herido. Ha pernoctado en Huerta del Rey; parece que se dirige á Aranda. Lleva unos veinticinco hombres. Si no se han dado mucha prisa, podéis alcanzarlos en Peñaranda de Duero.

—¿Iremos con todo el escuadrón?—pregunté yo.

—Sí.

—¿Quién mandará, Lara ó yo?

—Tú.

—Si no podemos alcanzarlos, ¿qué hacemos?

—Marchar á Quemada y esperar allá.

—A la orden, mi coronel.

—A ver si de ésta te hago capitán, Echegaray.

Saludamos. Entre Lara y yo no podía haber rivalidades.