Esperé un cuarto de hora largo. Estaba obscureciendo. A las dos galerías daban varias ventanas y una puerta.
Todas estaban cerradas. De pronto una de ellas, del piso segundo, se abrió y, proyectándose en la luz, vi la silueta del director. Al momento volvió á cerrarse la madera.
Sin duda, el prisionero estaba en aquel cuarto. Era el correspondiente á la tercera ventana que daba á la galería, comenzando por la izquierda.
Volví á la calle, me reuní con Lara y pensamos lo que había que hacer.
El único proyecto posible que se me ocurrió fué que uno de nosotros saltara á la huerta, subiera por el tronco de la parra á la segunda galería, llamara en la ventana y saliera por allí con el director.
—Me parece una cosa muy difícil de realizar; pero por mí no quedará—dijo Lara.
—La cuestión sería advertirle al director para que esté despierto y preparado—agregué yo.
—Veremos á ver si se nos ocurre algún medio.
Entramos en la posada del Riojano y nos acomodamos en la cocina como si fuéramos parroquianos de la casa.