—¡Este hombre es un imbécil!—pensé incomodado—. ¿No habrá visto el aviso?
Volví á dar otros dos golpes y se abrió la ventana y apareció en el cristal la cabeza asombrada del director.
—¿Es usted?—me dijo temblando.
—Sí. ¿No ha visto usted mi aviso?
—No.
—Yo creí que estaría usted preparado.
El director se hallaba perplejo, aturdido. Se puso una chaqueta y acercó una silla á la ventana para saltarla.
—Vamos, vamos—le decía yo.
En esto dos manos de hierro cayeron sobre mis hombros y entraron varios gendarmes en el cuarto del director.
—¡Ah, brigand!—me dijo uno.