—¿Vas?—me dijo Lara.

—Sí.

—¿Yo me quedo aquí de guardia?

—No, vale más que vayas al parador y esperes allí con los caballos preparados.

Lara se fué; yo cerré la puerta sujetándola ligeramente con una piedra y avancé hacia la casa.

La subida no fué difícil. El tronco de la parra era grueso y retorcido, y las galerías estaban próximas una de otra. Lo único malo que ocurría era que al trepar las ramas de la parra chocaban contra las maderas y metían ruido.

De pronto oí pasos en la galería, sobre mi cabeza. Me agazapé y estuve quieto, agarrándome al tronco. El gendarme, cuyas pisadas parecía iban á hundir las tablas del suelo del balcón, se asomó á la barandilla, pero no me vió.

Pensé un momento en volverme atrás; pero olvidé esta idea y seguí adelante. Subí más arriba; llegué á la segunda galería y salté sobre ella despacio, porque al poner el pie crujían las maderas. Me acerqué á la ventana del director.

Di dos golpecitos en el cristal de la ventana. Nada.