—¡Ah, diablo! ¡Es audaz el joven!—dijo un oficial.
Di unos pasos hasta acercarme á la mesa.
—Me han atado como un fardo, mi comandante—dije yo en francés—; creo que podían dejarme respirar un poco.
—Sabe francés el pícaro—exclamó riendo uno de los oficiales jóvenes—. Desatadlo. No se escapará.
Me desataron. Los tres oficiales me miraban sonriendo, pero, á pesar de esto, mi suerte me parecía muy poco halagüeña. En aquel momento tuve la inspiración de acordarme de la masonería.
Ya con los brazos libres, hice el signo masónico de gran peligro, lo que llaman los franceses señal de détresse.
El comandante me miró atentamente y habló luego con los oficiales que se despidieron.
—Podéis iros—dijo después á los gendarmes.
El comandante y yo quedamos solos.
De pronto se volvió á mí y me preguntó: