—No lo dirá usted por mí—replicó Lara en tono sentimental.
—¿Por qué no?
—Porque yo estoy completamente rendido.
El aire caballeresco de mi compañero hizo efecto en las damas.
Uno de los oficiales franceses sacó una caja de música, de ésas que hacen en Suiza, en Sainte-Croix, á la que dió cuerda y tocó la canción de Triste Chactas y algunas otras del tiempo.
Madame Lauraguais me preguntó qué opinión teníamos en España de las obras de Chateaubriand Atala y René, á lo cual dije que yo, por mi parte, no las había leído, lo que le chocó sobremanera.
Mi ignorancia debió disgustar á la madama, y en vista de esto dejé mi lugar á un oficial que era el preferido.
Se habló un momento de la bigoterie espagnole, que á las damas les parecía ridícula, y luego se enfrascaron todos en una conversación acerca de París, del emperador, de los trajes de madame Minette, de Taima, y de los últimos estrenos de teatro.
El capitán, viéndome ya apartado del grupo y aburrido, llamándome mon cher, me invitó á dar una vuelta por las calles de Lerma.