El parisiense me escuchó con gran curiosidad. Sin duda, para él, estos detalles de chismografía constituían algo trascendental en la vida.

El oficial me dijo que madame Michel había sido la querida del gran duque de Berg. La Michel y la de Lauraguais eran muy amigas; constantemente se las veía juntas.

Habían pasado ocho días en Burgos alojadas en la misma casa donde estaba Thiebault.

El capitán francés, después de una hora larga de conversación, nos dejó porque tenía que dar órdenes. Por no infundir sospechas, no intentamos Lara y yo alejarnos de la columna.

De noche, al llegar á Lerma, el capitán se nos acercó de nuevo para decirnos que había hablado de nosotros á las señoras francesas y que deseaban conocernos.

Nos lavamos y nos arreglamos un poco y nos presentamos en la posada del Gallo, donde estaban alojadas las dos.

Atendían á las damas varias doncellas y una media docena de oficiales, que no se desdeñaban en servir de ayuda de cámara á dos mujeres bonitas.

La Michel y la Lauraguais todo lo encontraban malo, pobre, absurdo, y hablaban con voz irónica, irritada y agria, de su habitación de Lerma.

El capitán nos presentó á ellas, y de pronto las dos, como si fueran cómicas que entran en el escenario, cambiaron de tono y se manifestaron amabilísimas, risueñas, encantadoras.

Madame Michel hablaba algo el castellano, y le dijo á Lara de una manera insinuante que no comprendía cómo los españoles no nos rendíamos viendo mujeres como ellas.