Acertamos á encontrar en el camino un hidalgo vendedor de granos, natural de Roa, quien, según dijo, conocía al Empecinado, y nos contó sus hazañas, y en conversación con él marchamos agradablemente.
Descansamos para comer, y llevaríamos después dos ó tres horas caminadas, cuando nos topamos con una columna de soldados imperiales escoltando el correo.
Un capitán joven nos hizo algunas preguntas en mal castellano. Contestamos diciendo éramos comerciantes de Burgos que íbamos de paso para Madrid.
El capitán no tuvo sospecha alguna; creyó lo que le decíamos y se puso á charlar con nosotros. Al ver que yo entendía su idioma, me tomó por su cuenta y me habló de sus campañas y de su vida.
Era de París; más bien monárquico que bonapartista.
Me dijo que llevaban escoltadas á dos señoras francesas hasta Valladolid y me habló de las dos.
Una de ellas se llamaba madame Michel. Su marido estuvo condenado á muerte por asesino y se escapó desde el mismo patíbulo.
La otra dama era una marquesa, sobrina de Talleyrand y de apellido Lauraguais.
El capitán, viendo que yo celebraba sus frases, narró varias anécdotas escandalosas de las dos.
—Estos Talleyrand son terribles—añadí yo. Y conté que se decía que la mujer de Talleyrand había querido seducir á Fernando VII en Valencey, y que, no pudiendo con el amo, conquistó al criado, al duque de San Carlos, y de esta manera pudo proporcionar datos á Napoleón de lo que tramaban los Borbones.