Era un viejo canoso, flaco, jorobado, el cuerpo contrahecho, la cara de sátiro, de color cetrino, picada de viruelas; la nariz larga y roja, los ojos de miope y los pelos alborotados y duros. Parecía un trasgo, un monstruo cómico de fealdad; hablaba el enanillo con una mezcla de acento andaluz y extranjero, y por su sonrisa burlona y por su aire imperioso y sarcástico se veía que se consideraba hombre importante.
Me miró varias veces como preguntándose quién sería yo. Yo también tenía curiosidad de saber quién era él, y cuando el extravagante enano se apartó para ir á otra mesa á saludar á uno, le pregunté á Eguía:
—¿Quién es este tipo?
—Este es el abate Marchena.
—¡Hombre! ¡Este es!
—Sí.
—¿Qué, tenía usted curiosidad por conocerle?
—Sí; me gustaría hablar con él.
—Pues le presentaré á usted.
Cuando volvió Marchena, Eguía me presentó al abate, que me recibió afablemente.