Lo que más llamaba la atención en el Empecinado eran los ojos, ojos fijos, brillantes, huraños, y las manos, por lo cuadradas y por lo terriblemente fuertes.

—¿Qué piensan ustedes hacer?—nos dijo el Empecinado bruscamente.

—Vamos á reunimos con Merino. Somos oficiales suyos.

—¡Qué raro que estén ustedes con Merino y tengan esos amigos en Madrid!

—Sí, es una extraña casualidad.

El Empecinado, llevándome á un rincón, me dijo:

—En la carta que ha traído usted me preguntan qué es lo que haré si se proclama la Constitución. Voy á contestar ahora mismo que la juraré al frente de mis tropas con la mayor solemnidad.

—Veremos lo que hacen los demás—dije yo.

—Merino, probablemente, no jurará.

—Creo que no; por lo menos, no será de los primeros.