—No se la puedo enseñar mas que á él—contesté yo.
Con este motivo nos enzarzamos en una disputa que, afortunadamente, vino á cortar un teniente muy joven, pues no tendría arriba de diez y seis años.
Era Antonio Martín, el hermano del Empecinado.
EL EMPECINADO
Antonio Martín, al oir nuestras explicaciones, nos dijo que nos llevaría á presencia de su hermano.
Fuimos á una casa baja de Caspueña y entramos en un cuarto encalado que tenía en medio una mesa de pino con unas sillas de paja y en las paredes planos de las provincias de Guadalajara, Soria y Valladolid.
En este cuarto había un grupo de hombres, y entre ellos estaba el célebre guerrillero don Juan Martín con varios jefes de su partida.
Yo le entregué la carta de la logia Estrella. El Empecinado leyó la carta despacio, como hombre que no tiene gran costumbre de la lectura.
Mientras él leía, Lara y yo le estuvimos contemplando. Era un hombre todavía joven, fornido, de pelo negro y color atezado, tipo de cavador de viña, los labios gruesos, el bigote á la rusa, unido á las patillas, la cara de hombre tosco y bravío, con la mandíbula acusada y una raya profunda que le dividía el mentón.
Vestía un uniforme amarillo con vueltas rojas, fajín rojo, cordones de plata en el pecho y un cinturón con una chapa con las letras C.ª L.ª (Caballería Ligera).