Que ellos volverán.

Cosa que, según la nodriza, hacía rabiar á las cigüeñas.

¡Qué vida primitiva, qué vida más estática la de aquel pueblo!

A media tarde volvíamos á casa á merendar. Me asombraba cómo Fermina no se aburría allí.

Recuerdo la salita de la casa como si la estuviera viendo. Había una mesa, un armario, un reloj alto de pared y un cuadro de cañamazo en que estaban bordados un ciervo, que tenía un aspecto mixto de conejo y de ardilla, unas flores y este letrero: Aquilina Ciruelos, lo hizo en 1803.

Yo me entretenía bastante describiendo en voz alta el cuadro, cosa que á Fermina no le gustaba.

—Seguramente, en su casa hay algún bordado igual hecho por ella—pensaba yo.

Además de la mesa había una cómoda pesada y ventruda, y sobre ella un Niño Jesús metido en un fanal, y un espejo donde se reflejaban las imágenes completamente deformadas.

El mobiliario se completaba con un baúl enorme con aplicaciones de latón y un arca.

Todo lo que tuviera colorines, á Fermina se le antojaba muy bonito; en cambio, á mí me parecía muy feo.