Era una mujer rara la tal Fermina. Tenía un amor por el orden, por el arreglo, completamente extraño. Cuidaba la ropa blanca como algo religioso.
Se comprendía, al verla en una casa, el odio que experimentaba por todo lo nuevo y lo revolucionario. La enemiga terrible que guardaba contra los franceses provenía, más que nada, de que no respetaban costumbres antiguas.
—¿Por qué se ha de hacer esto?—preguntaba yo alguna vez.
—Así se ha hecho siempre.
—Esa no es razón.
—¿Por qué se ha de hacer de otra manera si así se ha hecho siempre?
Hay piedras que parece que están fijas, sujetas en la tierra sin que puedan desplazarse nunca. De estas piedras era Fermina.
Yo no; yo me sentía como el canto rodado, que al menor impulso corre por los taludes al fondo de los barrancos.
En la naturaleza de Fermina estaba la inmovilidad. Era lógico en ella que al volver á una vida metódica, encarrilada, no quisiera moverse.
Algunos días jugábamos á la pelota en el pueblo Lara, Ganisch y yo con los mozos del pueblo. Los castellanos son torpes para esto. Parece que el vascongado es el más diestro, el mejor constituído para tal juego.