Al momento Müller y Aviraneta se quitaron las casacas. Müller tenía un pecho de gigante y unos brazos fuertes, cubiertos de vello rojo.

Se midieron los sables y se entregó á cada uno el suyo. El alemán manejaba su arma como un juguete. Se colocaron los dos en guardia.

—Uno, dos, tres... Adelante, señores—dijo el polaco.

Los sables chocaron uno contra otro y comenzó el asalto.

Müller no tenía idea de la esgrima, pero era valiente, y tiraba unos mandobles á Eugenio que yo creí que le deshacía. Aviraneta se defendía con mucha maña y dirigía á Müller golpes á la cabeza y al brazo.

El alemán, viendo que no alcanzaba al enemigo, comenzó á dirigirle estocadas furiosas al pecho.

Hubo un descanso por orden del polaco, juez de campo.

Müller estaba congestionado y torpe; Eugenio, algo pálido, pero muy tranquilo.

—Yo intentaba desarmar á este bárbaro—nos dijo Eugenio á Lara y á mí—, y herirle levemente; pero tiene tan mala intención, que voy á tener que matarlo, si no, me va á matar él.

Siguió el duelo y vimos que, efectivamente, Eugenio cambiaba de sistema; ya, después de parar, no marcaba un golpe ligero en el brazo ó en el hombro del contrario, sino que se tiraba á fondo de una estocada. Müller hacía lo mismo con una furia terrible. Eugenio estaba cada vez más pálido y más ceñudo; se notaba la decisión en sus ojos.