Fermina se separó de Aviraneta y comenzó á andar, acompañada de un alemán, Müller, que era uno de los prisioneros que se quedó amigo de los españoles.
El alemán guardaba las espaldas de la guerrillera; ella le trataba con altivez, y él, á pesar de todo, le servía humildemente.
Eugenio estaba furioso; le miraba al alemán con su ojo bizco y frunciendo el ceño. Cuando Aviraneta se pone á mirar así hay que temblar, porque, con la mala sangre que tiene, es capaz de cualquier cosa.
La situación entre los dos hombres era muy violenta, y al fin vino el encuentro.
Eugenio y el alemán, por una cuestión de poca monta, se lanzaron el uno contra el otro. Eugenio quiso arrestar á Müller; pero al ver en éste una risa de desprecio, suspendió el arresto y concertaron entre los dos un desafío.
Lara y yo fuimos los testigos de Aviraneta, y dos desertores franceses los de Müller el alemán. Se decidió que otro desertor polaco hiciera de juez de campo.
Marchamos los siete al galope al pinar, y entramos en una calvera del monte, grande como una plazoleta.
Antes de comenzar el duelo, el alemán dijo que él era un simple soldado, y mayormente extranjero; que si se sabía que se había batido con un oficial le costaría el ser fusilado, y que, por lo tanto, exigía juráramos todos guardar el secreto de lo ocurrido.
El alemán, sin duda, tenía completa confianza en su triunfo. Juramos callar.