—Eugenio, si yo muero, no la abandonarás; ¿verdad?
—¡Yo abandonar á la Teodosia! Nunca—replicaba él.
Murió la niña, y la Fermina y Eugenio, que estaban muy amartelados, riñeron en seguida. Fermina volvió á vestir de guerrillera, y todos los días le armaba un escándalo á Aviraneta.
—Estamos ofendiendo á Dios con esta vida—le decía ella—. O te casas conmigo, ó nos separamos en seguida.
—Espera que acabe esto—contestaba él—. Habiendo dicho á la gente que estamos casados, va á ser un escándalo ahora si vamos á la vicaría.
Eugenio se hubiera casado; pero al ver el genio que iba tomando la otra, se espantó.
Fermina no pensaba de nuevo mas que en luchar, matar y pegarle fuego al mundo entero.