No hicimos mas que llegar, cuando el cura llamó á Aviraneta y á Lara y, de repente, sin incomodarse, con voz burlona y fría, les dijo:
—Oye, Echegaray. ¡Conque yo mandé asesinar al Brigante! ¡Conque nosotros no somos guerrilleros! ¡Conque somos unas viejas beatas que no hacen mas que rezar!
—Yo no he dicho eso, don Jerónimo.
—Ha habido quien te ha oído, hijo mío. Hablaste con el hermano del Empecinado y con otro en una taberna de Peñaranda. ¿De manera que eres masón y republicano? ¡Ya me figuraba yo algo! Pues tendrás la suerte de los espías y los traidores: serás fusilado por la espalda. Y tú, Lara, irás también á la cárcel. Ya veré lo que hago contigo.
Aviraneta no replicó. Un oficial le quitó su espada dragona y, rodeado de soldados, marchó á la cárcel.
Después de este episodio, Ganisch contó otros de los guerrilleros de Merino, ya conocidos por mí, y la escapada que hicieron desde Salas á Soria Aviraneta y él; pero como esta escapada la he encontrado con más detalles en los papeles de don Eugenio, he recurrido á ellos.