Encontramos cerca de un chozo, en un pino alto, unas tablas de rama á rama, y en ellas varios panes y quesos.

Volvíamos satisfechos de nuestro hallazgo, cuando Murat comenzó á gruñir; le agarré yo del collar y le sujeté para que no avanzara ni ladrase.

Se oía hablar á poca distancia.

Nos escondimos en una depresión de la nieve y unos minutos después pasó un pelotón á caballo de tropas de Merino, mandadas por el Jabalí.

Sin duda iban á ver si nos habíamos refugiado en los poblados de Quintanarejo ó de Santa Inés.

Cuando cruzó el pelotón, volvimos á la cueva con nuestras provisiones, decididos á no salir de día hasta que no hubiesen pasado de vuelta los ginetes.

Ya me figuraba yo que el Cura había de hacer todo lo posible para averiguar nuestro paradero.

Al día siguiente salimos de la cueva de noche y vimos huellas recientes de la patrulla que retornaba de su expedición.

Después ya no se volvió á ver ninguna otra huella por allí mas que la de los lobos, que olfateaban la carne de caballo enterrada en la nieve, cerca de nuestra cueva.