Por la mañana tuvimos el gran susto; parecía que la entrada de la cueva se había cerrado.
No se filtraba ni un rayo de luz de fuera. Subimos la escalera y la rampa á obscuras, y dejamos libre la boca de la caverna. Seguía nevando.
Discutimos lo que había que hacer. Marchar adelante era exponerse á ser cogidos y fusilados; para quedarnos allí nos faltaba alimento.
Al Gato fué al primero que se le ocurrió la idea de matar á los caballos y de comerlos. Al oirlo me opuse, pero luego me convenció. Realmente, los dos animales se iban á morir de hambre y de frío.
Ganisch y el Gato hicieron de verdugos. Después de muertos los dos caballos los enterraron en la nieve, para conservar la carne, á pocos pasos de la laguna Negra.
Desde aquel día comenzamos á comer caballo; al principio con algo de pan, luego sin pan.
Entregados á la alimentación hipofágica, estuvimos ocho días aguantando la borrasca. Todas las mañanas abríamos la boca de la cueva, que se cerraba por la noche con la nieve.
Al noveno día cesó el temporal y comenzó á helar; el piso fué poniéndose duro; ya se podía andar sobre él.
Hicimos una expedición imprudente para reconocer los alrededores. Había una cornisa de piedras que partía de la entrada de la cueva, en el mismo borde de la laguna Negra, por el cual se podía avanzar y retroceder sin dejar huella en la nieve.
Por allí salimos y nos alejamos.