La entrada de la cueva era muy angosta y en pendiente. Bajamos por una rampa resbaladiza y llena de musgo, que terminaba cortada á pico sobre un pozo. Asomándose á éste, como por un balcón, se veía á treinta ó cuarenta pies un gran espacio ancho con la forma de una caldera.
A mano derecha de aquel balcón, donde terminaba la rampa, había una escalera en parte natural y en parte arreglada. El Gato me dió la luz; bajaron Ganisch y el, y luego bajé yo.
Aquella sala profunda y casi circular daba la impresión de no tener comunicación alguna con el exterior. A pesar de estar el techo lleno de estalactitas, había poca humedad en ella; la temperatura era más bien templada, y el suelo de piedra calcárea. Dentro se oía como el retemblor de una máquina.
—¿Qué es este ruido?—le pregunté al Gato.
—Es que por aquí se vacía la laguna Negra. En esta cueva tenemos agua.
Y marchando á un rincón, levantó una tabla y puso al descubierto un agujero por donde pasaba una gran corriente de agua metiendo un ruido imponente.
Nos lavamos allí mismo.
Después, Ganisch, sacó lo que le quedaba de pan y nos lo repartimos.
El Gato nos indicó dónde había un montón de paja; cada uno hizo su cama y nos tendimos en ella. Murat se echó á mis pies.
Aquella noche yo dormí muy mal. Sentía como la presión de todo el monte en el pecho.