Desde el alto en donde nos encontrábamos se veían dos lagunas: la Negra y la Helada; la Helada apenas se distinguía por estar cubierta de nieve; la laguna Negra, en cambio, en medio de la hondonada, parecía una mancha redonda de tinta en un papel blanco.
Bajamos con grandes precauciones al borde de la laguna Negra. Era un embudo de piedra, en cuyo fondo parecía dormir misteriosa el agua inmóvil aparentemente negra.
LA CUEVA
Allí no se veía resquicio alguno. Yo le miré al Gato como preguntándole qué objeto podía tener al engañarnos así; pero él sacudió con su palo la nieve y nos mostró una hendidura estrecha.
—Pasen ustedes—nos dijo.
—¿Pero se puede pasar por aquí?
—Pruebe usted.
Efectivamente, se podía pasar. Entramos Ganisch y yo; luego entró él. Quedamos en una completa obscuridad. El Gato sacó un eslabón y comenzó á golpear en el pedernal.
Saltaron las chispas alrededor de su cabeza, hasta que encendió la yesca y vimos que al poco tiempo encendía un candil.
—Adelante, caballeros—dijo—. Están ustedes en mi casa.