—Le doy mi palabra.

—¿Y su asistente?

—No lo hará tampoco. No tenga usted cuidado.

—Entonces, vamos.

El Gato siguió alternando en un caballo y en otro hasta llegar á la parte más abrupta de aquellos montes. Entonces los tres seguimos á pie. Comenzó la mañana, una mañana nublada, fría, con ráfagas de viento cargadas de nieve; al mediodía llegamos á un chozo de pastores, abandonado, cubierto de ramas.

Tal era nuestra fatiga, que no pudimos comer nada. Tomamos un poco de aguardiente que llevaba Ganisch en una calabaza y nos dispusimos á seguir.

Por lo que dijo el Gato, desde el punto donde nos encontrábamos había una media hora hasta la cueva.

Íbamos á seguir adelante con los caballos, pero el Gato me hizo observar que con ellos no se podía entrar en la cueva. Era, por lo tanto, mejor dejarlos allí.

Hicimos esto y avanzamos por entre la nieve. Marchábamos con grandes dificultades por el lomo de un monte.

Al avanzar por él llegamos encima de la hondonada donde nace el Duero.