—Yo tengo un refugio. Una cueva que no la conoce nadie.

—¿La de Neila?

—No.

—¿La del Abejón, quizás?

—Tampoco. Esa será la primera que registren. La mía es una cueva que está en el sitio más frío del Urbión. Como le digo á usted, nadie la conoce.

—Pues vamos á ella.

—Me ha de dar usted una palabra, don Eugenio.

—¿Cuál?

—De que el dinero que tengo allí no me lo han de tocar, pase lo que pase.