Comenzaba á caer una ligera lluvia mezclada con nieve.
Serían las dos ó dos y media de la mañana, cuando el Gato me llamó:
—Don Eugenio.
—¿Qué hay?
—¿Ustedes tienen algún sitio donde guarecerse?
—No.
—¿Qué van ustedes á hacer?
—¡Qué vamos á hacer! Huir, meternos donde podamos.
—Si entran ustedes en un pueblo están perdidos.
—Y usted, ¿qué ha pensado?