POR LA NIEVE
A mediados de Enero comenzó el buen tiempo, acompañado de un frío muy grande.
Entonces decidimos la marcha. El día anterior subimos al pico del Urbión para orientarnos bien.
Desde lo alto se veía una niebla larga que seguía el cauce del Duero; en medio de la niebla azulada se destacaba el castillo de Gormaz sobre un cerro, como una isla en medio del mar.
Cerca se abrían las gargantas de Santa Inés y el Hornillo.
Hacia el lado de Aragón se erguían las masas del Moncayo y Cebollera que separan las vertientes del Ebro y del Duero, la sierra de Peñalara de Burgos, Quintanar, Duruelo y la meseta de Carazo, desnuda y pelada.
Muy vagamente al Este se divisaba la sierra de Albarracín, y con más vaguedad aún, hacia el Norte, los Pirineos.
Yo me di cuenta bastante clara de la disposición de las montañas próximas y de los caminos, é hice un pequeño plano para orientarme.
Comimos en el pico del Urbión; por la tarde bajamos á nuestra cueva, dormimos en ella, y al día siguiente nos preparamos para la marcha.
Nos untamos las botas con grasa de caballo, y con las mantas hicimos tiras para envolvernos las piernas. Parecíamos unos esquimales.