Yo me quité parte del forro de la chaqueta, que era de tela negra, y me lo puse como una venda en los ojos.
Recordaba haber leído en un libro de viajes que la claridad de la nieve produce oftalmías. Ganisch y el Gato se rieron al verme; pero por la noche me dieron la razón, porque tenían los dos los ojos irritados y doloridos á consecuencia del resplandor de la nieve.
Por la mañana salimos del Urbión; al mediodía cruzamos por Duruelo, sin entrar en el pueblo, y seguimos hasta Covaleda, en donde dormimos en una tenada de pastores.
Pasamos con gran rapidez al día siguiente la garganta de Covaleda, hasta llegar á Salduero.
Media hora después aparecíamos por una honda calzada en Molinos de Duero.
A un lado y á otro de Molinos asomaban casas arruinadas con viejos escudos nobiliarios. No había nadie en la aldea.
Seguimos adelante. El tiempo cambiaba; el cielo se iba poniendo triste y obscuro.
De Molinos marchamos á Vinuesa, pueblo que antiguamente se llamaba Corte de los Pinares, asentado en un valle ancho, con sus tejados rojos y su iglesia negruzca. En el camino comenzó á llover. La nieve iba deshaciéndose en el campo.
Entramos en Vinuesa, preguntamos por una posada y nos indicaron una que tenía un soportalillo en la puerta. Comimos, y al ir á pagar yo me encontré con que el dinero que tenía no me llegaba para el gasto hecho por Ganisch y por mí.
Pedí al Gato lo que me faltaba, y éste me dijo que no me daba un cuarto.