—¡Pero hombre, no sea usted así! No ve usted que si no pagamos al posadero puede mandarnos prender.

—Que haga lo que quiera; yo no pago.

Llamé al posadero, y aunque era un tío muy bruto, se avino á razones.

Disimulé la incomodidad y el deseo de darle dos palos al Gato, y seguimos los tres la marcha.

EL GATO EN LA TRAMPA

Ganisch, el Gato y yo nos pusimos en camino hacia la Muedra. Íbamos calados por la lluvia, marchando á través de un campo llano cubierto de pinos.

Encontramos un zagal. Le preguntamos si había cerca un puente para cruzar el Duero, que traza allí una curva, rodeando el valle de Vinuesa, y nos mostró un vado.

Atravesamos el río vestidos. El camino, pasado el Duero, subía en cuesta por unos descampados; yo le veía á Ganisch con la cara fosca que ponía cuando estaba furioso y tramando algo.

Llovía cada vez más.

Llegamos á una antigua ferrería abandonada y allí nos refugiamos.