No sé si en premio de mi entusiasmo la señora dijo:
—Que suba en mi coche; yo le llevaré. ¿Dónde tiene que parar?
—En la plaza.
Abrió doña Celia la ventanilla y, ayudado por Ganisch, subí al carruaje, que echó á andar y entró por el arco de Santa María.
Al pararnos en la puerta un momento se acercó al coche un oficial francés é hizo á la dama un saludo ceremonioso y le besó la mano. Seguimos adelante.
—¿Le duele á usted la herida?—me preguntó la señora.
—Sí—contesté—, pero no me importa.
—¿Por qué?—preguntó ella extrañada.
—Por haberla visto á usted. Es usted muy hermosa, señora.