Y me alargó la mano, que yo besé con entusiasmo.


V
EN BURGOS

Mareado y medio desvanecido me acerqué á una de las columnas de la plaza y estuve así esperando hasta que llegaron Fermina, doña Celia, la Riojana y Ganisch.

Ayudado por ellos, entré en una posada de allí cerca y me metí en la cama.

Me encontraba con la cabeza débil y con fiebre. Doña Celia comenzó á preparar un bálsamo, que yo creo que era el mismísimo bálsamo de Fierabrás, y que si me aplica en la herida me produce la gangrena de todo el cuerpo, cuando llegó un señor preguntando por mí. Era un médico. Venía á verme de parte de la señora que me había llevado en su coche por la tarde.

—¿Quién es esa señora?—pregunté yo.

—La marquesa de Monte-hermoso.

El médico lavó y curó mi herida y dijo que tendría para rato.