—¿Podrá usted bajar solo?—me preguntó la dama—. ¿O quiere usted que llame á alguien para que le ayude?
—No, yo bajaré.
—Le mandaré á usted un médico esta noche.
—Muchísimas gracias, señora.
—Adiós, y no haga usted más tonterías.
Bajé del coche, y me quedé inmóvil agarrado á la portezuela.
—¿Qué espera usted?—me preguntó ella.
—Que me dé usted á mí también la mano á besar.
—Es usted un muchacho insoportable—replicó la señora riendo.