—Ya está usted bien—me dijo—. No salga usted mucho de casa.
—Dele usted de mi parte muchas gracias á la señora marquesa—le dije yo.
—Ya se ha marchado—contestó el médico.
—¿A Madrid?
—¡Cualquiera lo sabe! ¡Habrá ido á reunirse con José Bonaparte! Dicen que es la querida de Pepe Botellas.
La noticia me hizo más daño que el sable del francés de Briviesca; pero aún me molestaba más el que se hubiera ido de Burgos aquella mujer admirable sin acordarse de mí.
El pensar en esto reanimó mi actividad y mis sentimientos patrióticos.
Decidí olvidar las dos heridas: la del francés y la causada por la marquesa de Monte-hermoso.
Se me ocurrió escribir al mariscal de campo don Gabriel Mendizábal, paisano y amigo de mi padre. Mendizábal debía hallarse en esta época en Alba de Tormes, y no encontré medio de hacerle llegar la carta.
Mi desesperación y mi furor patriótico iban en aumento.