Me figuraba estar viendo á la marquesa de Monte-hermoso, rodeada de oficiales franceses elegantes, llenos de oro y de bordados. Yo había de ir entre los desarrapados á acometerlos, á acuchillarlos.

El furor que comenzaba á tener lo experimentaba la gente del pueblo, sin el acicate de pensar en una bella dama.

La plebe se enardecía con el odio al invasor.

Los franceses se figuraban que iban á luchar con un ejército y con partidas de guerrilleros; pero, en el fondo, tenían que guerrear con una turba de mujeres, de chicos, de viejos tenderos, de frailes, inspirados todos en un fanatismo religioso y patriótico terrible.

EL PADRE PAJARERO

A la semana siguiente de llegar á Burgos, doña Celia me contó que una señora en la iglesia le había dicho que un fraile mercedario andaba hablando á los jóvenes del pueblo para reclutarlos y formar una partida.

Le recomendé á doña Celia que se enterara en dónde se le podría ver al mercedario, y no sólo se enteró, sino que vino con él á la posada al día siguiente.

El padre Pajarero era un frailuco joven, moreno, con los ojos brillantes. Llevaba hábito pardo, cerquillo y sandalias.

Se presentó en mi cuarto y habló conmigo. Yo me encontraba de la herida casi bien.