El padre Pajarero me sometió á un interrogatorio. Yo, por la costumbre que había adquirido en el tiempo que llevaba desde que salí de Irún, le dije que me apellidaba Echegaray.
Me preguntó si estaba dispuesto á echarme al campo. Le contesté que sí.
—Bueno; pues entonces—repuso él—le voy á dar á usted un papel para que vaya á ver á cierta persona.
—Venga. Está bien.
Sacó el padre un tinterito de cuerno, escribió unas líneas, dobló el papel y, antes de dármelo, me dijo:
—¿Sabe usted dónde está la calle de la Calera?
—No.
—¿Y el barrio de Vega?
—Tampoco. ¿No ve usted que no he salido de casa con la herida? Pero preguntaré.
—Vale más que vaya usted sin preguntar.