—Mi criado les acompañará.

Nos despedimos del director y salimos á la calle acompañados de un mozo envuelto en una manta.

Luchando con el viento helado salimos á la orilla del Arlanzón. La luna resplandecía en el cielo, iluminando la ciudad. Las torres de la catedral y los pináculos de la capilla del condestable brillaban como barnizados de plata. Unos caballos corrían por el cauce del río.

Siguiendo la orilla, á pocos pasos llegamos á un edificio grande. Llamó el mozo con los dedos en la puerta.

—¡Ave María Purísima!

—Sin pecado concebida—dijo de adentro una voz suave y frailuna—. ¿Qué quieren?

—Estos señores que vienen á dormir de parte de mi amo, el director.

Un lego nos salió al paso y nos llevó á Ganisch y á mí á una celda, donde dormimos perfectamente.