Realmente, nosotros no sabíamos si esta Junta Central existía ó era un mito; pero, puesto que venía á preparar la lucha, no se tuvo inconveniente en dar su existencia como efectiva.

Discurríamos el director, el deán y yo acerca de nuestros medios, cuando se presentó Peña. Era un cura andaluz, un poco zonzo, charlatán, no muy activo ni inteligente.

Traía una carta del secretario de la Junta Central, don Martín Garay, para el director. Se leyó la carta en voz alta y se habló de las providencias que había que tomar.

Peña se quejó dos ó tres veces del frío de Burgos, cosa que al deán y al director les produjo un efecto pésimo. Un verdadero patriota no debía fijarse en estas cosas.

Cuando se fué Peña, el director nos dijo:

—Hay que prescindir de este hombre; es un inútil.

—Lo malo es si, además de inútil, es perjudicial—dijo el deán de Lerma.

—Le voy á escribir ahora mismo que los franceses le espían, que no salga de casa ni hable con nadie. Echegaray, ¿quiere usted redactar esa carta?

—Sí, señor.

Escribí la carta, que firmó el director, y seguimos tratando nuestro asunto. Se discutió la manera de organizar las guerrillas, y el deán y el director convinieron en dirigirse al cura de Villoviado, don Jerónimo Merino, el cual contaba ya con una pequeña partida de guerrilleros.