Un día en que no estaba él, entró en su casa un pelotón de franceses; mataron á su padre y violaron á su hermana.

Juan Bustos, al llegar á su hogar y ver aquel cuadro, el padre muerto, la hermana gimiendo, salió como un león á buscar á los franceses, arrancó á uno de ellos el fusil, y, manejándolo como una maza, tendió á tres ó cuatro; y luego, abriéndose paso por entre ellos, herido y lleno de sangre, se refugió en un pinar, donde se reunió con Merino.

El cura era astuto; el Brigante, esforzado y audaz. Los dos se hubieran podido completar; pero Merino no quería rivales.

El cura llegó á temer al Brigante y no quiso que estuviera á su lado. Vió que tenía arraigo entre los guerrilleros, y como Merino era solapado y capaz de una traición, pensó que el Brigante podía serlo también.

EL JABALÍ DE ARAUZO

Merino para contrarrestar los triunfos de la partida de Juan Bustos, el Brigante, fomentó el que otro guerrillero, el Jabalí de Arauzo, formara también un grupo con los antiguos incondicionales del cura.

El Jabalí era un tipo feroz, supersticioso y lujurioso. Se le creía medio saludador, medio iluminado. Había forzado algunas muchachas, y se contaba que á una de ellas después la descuartizó. Así lo aseguraba un convecino suyo.

El Jabalí era merinista rabioso. Tenía esa fuerza de los hombres fanáticos y ardientes que saben arrastrar á la gente de imaginación débil; pero, como muchos de los que se echan de iluminados, estudiaba sus gestos y sus actitudes y concluía siendo un farsante.

Al Jabalí siempre se le veía con el rosario en la mano.

Su tipo era tan extraño como su manera de ser moral; su aire, de hombre abstraído. Gastaba pantalón corto, chaqueta de sayal y camisa de cáñamo.