En casa del Padre Eterno vivíamos Fermina, la Riojana, Ganisch, Lara y un curita joven que se decía Juanito Briones, mozo terne, bravío, de estos curas de bota y garrote, juerguistas y amigos de riñas.
Cada uno aportaba la menestra, que se repartía por las mañanas, y comprábamos á prorrateo, con la peseta del haber, el pan, el vino y el aceite. La Riojana se encargaba de guisar, y á fe que con sus platos se chupaba uno los dedos.
Había en nuestro escuadrón varias mujeres que montaban á caballo admirablemente. Además de Fermina la Navarra, teníamos á Juana la Albeitaresa, Amparo la Loca, la Morena, la Brita, la Matahombres, la Montesina y algunas más.
Estas amazonas no gastaban sable, sino tercerola.
Las de nuestro escuadrón eran muy elegantes; llevaban uniforme, botas altas y morrión.
Fermina hacía de capitana. Montaba admirablemente á caballo y solía andar á pie muy gallarda, haciendo sonar las espuelas con el látigo en la mano.
Esta Fermina era una mujer extraña, insoportable á ratos, á ratos todo simpatía y encanto.
Parecía á la vez dos mujeres: la mujer pálida, verdosa, iracunda, llena de saña, y la mujer amable, humilde, cariñosa.
Por lo que me dijo doña Celia, la vieja que fué con nosotros de Briviesca á Burgos, un jovencete había seducido á Fermina en su pueblo y sacado de casa. El jovencete éste había desconcertado la vida y hecho desgraciada á una de las mujeres más dignas de ser feliz.