En este oficio se necesita mucha fuerza y un brazo muy membrudo. El pastor y el leñador tienen la pierna fuerte, pero el brazo débil; á los cavadores les ocurre lo contrario.
La partida del Empecinado, formada casi en su totalidad por cavadores, era la que contaba con los mejores jinetes de todo el centro de España.
Lara y yo, á quienes nos hicieron sargentos y luego alféreces en comisión, aunque en el haber apenas llegábamos á soldados rasos, solíamos pasar lista al escuadrón del Brigante.
Era indispensable llamar á los guerrilleros por el nombre y por los apodos, porque algunos se habían olvidado de sus apellidos y no sabían si al llamarles Matute, Chapero ó Rebollo era éste el nombre de la familia, ó el de la casa, ó simplemente un mote.
Como varios de los nuestros tenían el mismo apodo, hubo que desbautizar á unos y darles á elegir otro nombre.
Del escuadrón del Brigante, además de los que he citado, recuerdo el Largo, el Zamorano, el Chato, el Arriero, el Rojo, el Canene, el tío Currusco, el Estudiante, el Lobo de Huerta, el Barbero y el Fraile. Algunos de ellos, dóciles, comprendían la superioridad del saber, se rendían á ella y se dejaban guiar por los más instruídos; pero otros querían considerar que ser cerril y tener la cabeza dura constituía un gran mérito.
Entre nosotros la disciplina no era la misma que en las tropas regulares. Allí la ordenanza sobraba. Todo era improvisado á base de brutalidad, de barbarie y de heroísmo.
FERMINA LA NAVARRA
Nuestra vida era pintoresca y amena. Estábamos, mientras se organizaban las tropas, en Hontoria del Pinar, y nos reuníamos formando un rancho en casa de un herrero, á quien llamaban el Padre Eterno por sus largas barbas.
El Padre Eterno era el maestro de taller de la herrería de Merino, y constantemente estaba arreglando las armas que se estropeaban y se cogían al enemigo.