El discutir, el hablar, eran cosas que le molestaban. El Brigante le trataba con mucha consideración.

—Oye—le solía decir en algunas ocasiones—, ¿podrías ahora hacer esto?

El Tobalos contestaba sí ó no sin abrir apenas la boca. Y el Brigante no replicaba nunca.

El Apañado, en cambio, era la antítesis del Tobalos: charlatán como él solo.

Tenía una conversación aguda, rápida; una penetración natural grandísima. Nunca se daba el caso de que el Apañado tomase un tronco de árbol por un hombre, ni á un pastor por un espía, ni que notara el último huella de herraduras en un camino.

En medio de esta gente que parecía haber nacido para la guerra de emboscadas, había algunos con otras aficiones. Uno de ellos era el herbola rio de Santibáñez del Val, á quien no se le podía encomendar una guardia porque se le iba el santo al cielo, se dedicaba á buscar los simples y se olvidaba de lo que le habían encargado.

Otro tipo por el estilo era el cura de Tinieblas, con la diferencia de que éste, en vez de preocuparse de los simples, pensaba en aumentar su colección de monedas.

El herbolario y el cura estaban siempre juntos, porque sólo ellos podían aguantar mutuamente sus disertaciones botánicas ó numismáticas.

Lara y yo teníamos en el escuadrón el negociado de la historia y de la literatura.

Casi todos los guerrilleros del Brigante habían sido leñadores y aserradores, gente ágil, pero no buenos jinetes. Los mejores soldados de caballería del escuadrón eran los que habían sido cavadores de viña en la ribera del Duero.