Merino decidió apoderarse de la presa. Apostó sus hombres á un lado y á otro del camino, de manera que pudieran cruzar sus fuegos, y ordenó al Brigante quedara en un carrascal próximo á la carretera y no apareciese con su gente hasta pasadas las primeras descargas.

Estuvimos ocultos los del escuadrón, como nos habían mandado, sin ver lo que ocurría. Sonaron las primeras descargas, transcurrió un momento de fuego y cruzaron por delante de nosotros cuatro ó cinco carros al galope con los acemileros, azotando á los caballos.

HAY QUE CORRER

En esto nos dieron la orden de salir á la carretera.

Aparecimos á un cuarto de legua del sitio de la pelea. Nos formamos allí y nos lanzamos al galope.

Los franceses, al divisarnos, se parapetaron detrás de sus carros y comenzaron á hacernos fuego.

Nosotros embestíamos, retrocedíamos, acuchillábamos á los que se nos ponían por delante.

Los guerrilleros, emboscados, hacían un fuego certero y terrible, pero los franceses no se rendían.

Nuestra victoria era cuestión de tiempo.

El Brigante y yo y otros dos ó tres luchábamos en primera línea con un grupo de soldados imperiales que se defendían á la bayoneta.