En esto se oyó un grito que nos alarmó, y los franceses se irguieron levantando los fusiles y dando vivas al Emperador.

Yo me detuve á ver qué pasaba. De pronto oí como un trueno que se acercaba. Miré alrededor estaba solo.

Un escuadrón francés llegaba al galope á salvar á los del convoy atacado.

Yo quedé paralizado, sin voluntad.

Afortunadamente para mí, el amontonamiento de carros y furgones del camino impidió avanzar á la caballería enemiga; si no, hubiera perecido arrollado.

Cuando reaccioné y tuve decisión para escapar, me encontré seguido de cerca por un dragón francés que me daba gritos de que me detuviera.

¡Qué pánico! Afortunadamente, mi caballo saltaba mejor que el del francés por encima de las piedras y de las matas y pude salvarme.

Cuando me reuní con los míos me recibieron con grandes extremos. Creían que me habrían matado; como es natural, no confesé que el miedo me había impedido escapar, sino lo atribuí al ardor bélico que me dominaba.

Esta primera escaramuza me impresionó bastante.