El asistente podía contestar al primer grito, si no quería recibir algunos latigazos. El Feo se levantaba, arreglaba su caballo, y el amo y el criado salían del monte.

LAS MAÑANAS DEL CURA

En seguida Merino emprendía la ronda de la mañana, encaminándose á toda prisa á las proximidades de la guarnición enemiga; conferenciaba con sus espías, y antes del amanecer estaba en el cuartel general de la partida; veía por sí mismo si las avanzadas y las rondas se hallaban en sus puestos, y entraba en la población.

Mandaba tocar llamada, y si alguno no estaba al momento dispuesto para marchar, salía á enterarse de lo que hacía.

El Feo llevaba á Merino un vaso de leche, que bebía á caballo, y en seguida se ponían las tropas en movimiento.

Se salía del pueblo, y al llegar á un sitio adecuado, la tropa se colocaba en orden de batalla y se pasaba revista.

Nos conocía á todos. Tenía ese aire inquisitorial de un director de seminario que quiere averiguar los pensamientos más íntimos de sus alumnos.

—¡Mala cara tienes tú hoy!—me dijo varias veces por lo bajo.

Una de las reglas de Merino era observar á sus guerrilleros. Quería, sin duda, conocerlos, ver transparentarse sus almas.

Así, sabía siempre lo que sus hombres deseaban cuándo estaban cansados, cuándo no; cuándo fingían ardimiento y cuándo lo experimentaban de veras.